La aldea, oculta entre montes brumosos, se resistía al paso del tiempo. Allí, en el corazón de Asia, vivía una bruja. Su poder no estaba en pociones ni encantamientos comunes, sino en un conocimiento prohibido: la capacidad de cruzar el umbral del tiempo.
En el borde del bosque se escondía una cueva, un pasadizo de energía antigua. Cada vez que entraba, la bruja sentía el tirón de siglos pasados y, con un paso firme, atravesaba la frontera entre lo que fue y lo que es.
Así conoció la pescadería. Un mercado ruidoso, impregnado de mar y trabajo duro. Hombres y mujeres de túnicas azules la miraban con recelo. El dueño, al principio temeroso, terminó confiando en ella. Hablaba su lengua, comprendía su mundo. Pero el peligro acechaba. En una época donde el poder femenino era un riesgo, bastaba una sospecha para acabar en la hoguera.
En su propia línea temporal, una tormenta trajo visitantes inesperados. Pola y Andy, americanos; Fedira y su hija, portuguesas de piel oscura; y dos viajeros de Sudáfrica. Se refugiaron en su hogar. Con la calidez de una noche compartida, la bruja reveló su secreto.
Fascinados, quisieron probarlo. Pensaron que un domingo bastaría para ir y volver sin ser notados. Pero el tiempo no sigue reglas humanas.
Al cruzar, descubrieron una multitud. La ciudad hervía en una procesión religiosa, los estandartes dorados ondeaban, el dragón de su fe danzaba entre el gentío. Y en ese caos, Fedira perdió a su hija.
Solo dos volvieron. Fedira, destrozada, la miró con súplica. "Tráela de vuelta".
La bruja se desdobló, su espíritu recorrió el pasado. Silencio. Calles desiertas. La casa de té de las geishas, intacta. La niña no estaba. Pero tampoco en el lodazal de los olvidados. Quizás, alguien la había acogido.
Despertó. "Vive", le dijo a Fedira. "Pero no puedo volver. Si cruzo de nuevo, moriré. Solo tú puedes hacerlo".
Y entonces, el aire cambió. La bruja sintió un peso en su pecho. Algo la llamaba desde lo profundo del tiempo. No la aldea, no la cueva. Algo más antiguo.
Una voz. "Soy tu verdadera madre. No la que conociste en esta vida. Yo siempre he estado contigo. Ven a mí".
Y despertó. Temblorosa. Como si la historia no hubiera terminado.